Mis hermanos:
En el marco de la campaña nacional sobre el sostenimiento de la iglesia, quiero compartir con ustedes la reflexion del evangelio del día 6 de mayo de 2007.
Jesús nos dice: “en esto reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.
La pregunta inicial que nos invita la palabra de dios es ver si, por lo menos, entre los que hoy compartimos la mesa de la palabra y la mesa de la eucaristia, verdaderamente nos amamos.
Hagamos una dinámica: por favor miremos a los que están a nuestra izquierda y a nuestra derecha, miremos a los están delante o a los que están atrás nuestro.
¿Podemos decir que a cada uno de ellos les amo? .o…¿Veo en cada uno de ellos a una persona, un feligrés más que, como yo concurre a misa?. ¿Me produce alegría o me es indiferente la presencia de los demás?.
Todos y cada uno de ellos son nuestros hermanos.
Insisto: Jesús nos dice “en esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.
El mandamiento del amor es lo que el papa nos pide que practiquemos.
Hoy dia todos hablamos de amor. Pero resulta que hay una gran confusión con esta palabra. No se logra diferenciar sentimiento o placer pasajero con el verdadero sentido que esta palabra significa.
Amar es donarse como lo hizo Jesús:
Amar es darse compartiendo mi tiempo y talento y, …..porque no, tabién mi dinero.
Amar es compartir lo que el señor me regaló para que la comunidad tenga vida.
Si la comunidad ama no debería existir personas que sufran o tengan necesidades.
Si la comunidad ama, el sostenimiento del culto no debe ser una obligación sino una necesidad, un deseo unánime de colaborar con mi talento, mi tiempo y mi dinero.
El libro de los Hechos de los Apóstoles (2,42-45) nos enseña, nos insiste en que miremos el modo de vida que tenía la primera comunidad cristiana: cómo se integraba en la escucha de la Palabra de Dios, la oración, la eucaristía, pero también con la misma importancia el compartir los bienes como expresión de una común unión en la fe.
También en el libro de los Hechos (20,35) San Pablo nos dice: “recuerden las palabras del señor Jesús: hay mayor felicidad en dar que en recibir“.
Pensemos esto: ¿qué dirán de nosotros nuestros hermanos de la comunidad que necesitan ayuda mientras nosotros pasamos indiferentes a sus necesidades y sufrimientos?.
El Apóstol Santiago (3,14-16) expresa en su carta: “si uno dice que tiene fe pero no viene con obras, ¿de qué sirve la fe?”.
Nuestros obispos, en la carta que escribieron la semana pasada para cada uno de los católicos nos dicen: “necesitamos tu ayuda para el sostenimiento de las actividades pastorales”.
¿Y qué es lo que ellos nos quieren comunicar en esa carta? El deseo de que el otro, nuestro prójimo se sienta parte de nuestra iglesia, de nuestra comunidad, que lo invitamos a participar, a ser parte, recibiendo y dando o sea compartiendo. Nos dicen que “al estilo de jesús tenemos que aprender a vivir, compartiendo lo que somos y lo que tenemos. Nadie es tan rico que no necesite nada, ni nadie es tan pobre que no tenga algo para brindar a los demás”.
En síntesis, la carta no se trata de una campaña encubierta para juntar dinero, se trata de tomar conciencia de que ser iglesia pasa por construir una comunidad de bien común, cada uno desde su lugar con lo propio. Cada aporte es muy valioso.
Un relevamiento que se hizo de las colectas de todo el país indica que el aporte promedio por persona que asiste a la misa los domingos es de 28 centavos. Es un promedio, hay quienes aportan más y quienes aportan menos o directamente no lo hacen.
De los aproximadamente 27.000 personas que componen nuestra comunidad, a 28 centavos de aporte por cada uno en la colecta, no llegamos a cubrir los gastos de mantenimiento del templo, ni el sostenimiento de nuestros sacerdotes.
Concluyo esta reflexión con una invitación de nuestros obispos: a que pensemos en la 2ª carta de san pablo a los corintios cap.9,verso 7 que dice: “que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón… porque Dios ama al que da con alegría”.
¡Ave maría purísima!.